Búsqueda de la palabra perfecta

Uno, dos, respira, uno, dos, respira, a la derecha, ¿y esa otra palabra? No, no, no es lo que quiero decir… Respira … uno, dos, … el pan recién hecho… Beatriz.

Y su nombre, como si se tratara de un abracadabra, hace desaparecer el caótico discurso mental de Mario, quien, como todas las mañanas desde hacía diez años, corría unos kilómetros, mas como excusa de entrar en la panadería a primera hora que por el afán al deporte. 

Mario era cartero de profesión económica y de vocación: poeta, un auténtico poeta, de esos que no paraban hasta encontrar la palabra justa, el verbo meticuloso y el adjetivo más trabajado. Por eso, nunca había publicado nada, ni nadie había visto u oído nada de él, pero él sabía que cuando por fin hubiera tallado la última palabra del poema de amor a  Beatriz, todos los demás saldrían a la luz como un manantial de metáforas.

Pero esa palabra se le resistía y, por eso, cada mañana que iba a la panadería La Madre Rosa apretaba la versión actualizada guardada en el bolsillo del pantalón, a la espera de poder cruzar su mirada con la de su musa. Sí, solo mirarla, porque cuando estaba cerca tartamudeaba, en el mejor de los casos, en el peor, dejaba de respirar y se quedaba sin respiración hasta tal punto que su piel se azulaba.

Esta escena era la comidilla del pueblo, a espaldas de los protagonistas, y de Doña Rosa, que murió sin enterarse de cómo se amaban estos dos en silencio. La vecina de arriba de Mario se preguntaba si lo que le pasaba al muchacho es que se ahogaba en los ojos marinos de Beatriz, y si era así ¿No era mejor que aprendiera a nadar primero? Pero claro, ¿dónde podía hacerlo si no había otros ojos como los de Beatriz, cuyo iris incluida su pupila eran azules?  Los podías ver unas veces encrespados, otros en calma y, cuando derramaba alguna lágrima, su sabor era salado con un toque a alga marina.

Cuando doña Rosa la acogió, como al resto de sus hijos no carnales, todos temieron que la niña estuviera ciega. Pues, ¿cómo se puede ver con una marejada semejante? Pero, sorprendentemente Beatriz no dio nunca motivo de pensar que las mareas le molestaran y, como en la panadería se desenvolvía tan bien, enseguida quedó como encargada de todo, maravillando al vecindario porque a veces se acercaba hasta la tienda de Merceditas, para admirar con las manos los nuevos trajes de temporada y, de pronto, respiraba hondo y se iba rápido porque sabía que era hora de sacar el pan del horno. Y daba igual en que parte de la ciudad se encontrara o que hiciera, nunca se le quemaba ninguna hornada… bueno, sí una vez, pero no cuenta. Fue cuando murió Madre Rosa. Pues, Beatriz, era la que más hija era, de esta mujer sin hijos.

Doña Rosa, en cuerpo y alma, se había dedicado a alimentar a los demás, ya fuera con pan o con leche materna o con lo que apareciera en su cazuela, pues todo su ser era una emanación de abundancia. De esta manera fue que terminó con todos los pequeños de la ciudad que aparecían sin padres, pues con solo cogerlos en brazos sus pechos estaban dispuestos a darles el cariño y saciar el hambre de estas criaturas. Su marido, que al principio se llevaba las manos a la cabeza, luego se resignó en cuando su señora empezó a tener ese mismo don con la cocina. Él nunca supo como su mujer conseguía que con lo poco que había en la olla pudiera de dar de comer a las diez bocas que llegaron a tener a su cargo al mismo tiempo.  

Por eso, no fue de extrañar que los funerales duraran casi una semana porque todos sus no hijos repartidos por la provincia y en el extranjero, quisieron despedir a la mujer que les nutrió con tanto amor. Todo el país lo recuerda, ya que salió en las noticias, no tanto por el funeral como porque en el mismo momento que Doña Rosa dejó este mundo, Beatriz comenzó a deshacerse y no conseguía contener su mar de lágrimas. No solo quemó el pan, porque entre tanta agua en la panadería no consiguió llegar a tiempo a sacarlo, sino que también se inundó la plaza y media ciudad. En esos días los vecinos se turnaban, unos en decirle palabras cariñosas y tratar de consolarla, y otros, en achicar el agua. Después de esa semana, Beatriz paró  y se mantenía en esa calma que amenaza tormenta, pero que al final, se queda en un mirada nostálgica al horizonte.

Mario recuerda esa semana porque cada vez que aparecía por la mañana a por su pan, su poema quedaba empapado por las lágrimas de Beatriz y sus palabras de amor desteñían, desparramandose la tinta por su ropa y su piel como si fuera un tatuaje. La tristeza de su amada lo atormentaba y buscaba desesperado terminar su poema, declararle su amor y poder consolarla; pero esa mañana, como todos los días, el poeta no había terminado su poema y entraba en la panadería tras correr varios kilómetros a por su habitual aprovisionamiento de inspiración. Cuando se sorprendió al encontrar a Beatriz como si la luz del sol reflejara en su alma. 

Marío, ¡Buenos días! Tengo lo tuyo de todos los días -lo saludó alegremente– Por cierto, ¿te importaría llevarte una carta que tengo que mandar? Te la traigo ahora. Mario, pasó de la alegría al pánico: ¿sería una carta de amor para otro? Resplandece como si estuviera enamorada. ¡No puede ser! Tenía tantas palabras aprisionando su tráquea.

Ya la tengo. Mario, ¿te encuentras bien? – Beatriz estaba acostumbrada al azul de Mario, el de dejar de respirar, pero este era el de la desesperación, de quien se agarra a un trozo de madera flotando con media cabeza dentro del mar. Y ahí mismo salieron las primeras palabras de Mario a Beatriz, su aclamado poema de amor “Náufrago, seré un náufrago sin ti” que no llevaba escrito y que fue perfecto.

No bosteces, Beatriz ¿Entiendes por qué te cuento esto?  Mi hija pequeña, suspira y responde: ¿Por qué te gusta contarme la historia de los abuelos? Me río, porque es cierto pero no voy a reconocerlo frente a esta listilla. Lo que quiero que entiendas es que si esperas a la palabra perfecta puedes perder a quien quieres, tienes que encontrarla junto a esa persona. Vuelve a bostezar y con los mismos ojos de su abuela, me mira y me pregunta traviesa ¿Qué decía la carta de la abuela? ¿Para quién era?

Doy una pausa dramática y se lo digo. Era una carta para tu abuelo Mario en donde le decía que no hacía falta que terminara el poema, que lo amaba en silencio de esta manera inacabada desde hacía diez años, los mismos que llevaba escribiéndolo como confesaba un papel emborronado que se le había caído el día anterior en la panadería.

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Relato basado en la historia de Mario y Beatriz, en la novela  El cartero de Neruda  de Antonio Skámeta

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